Hubble expresionista

Por: Alonso Sepúlveda.

Hubble in orbit

Es sorprendente que las imágenes de los cielos que nos llegan del telescopio espacial Hubble impresionen a científicos, artistas y poetas. Despiertan una común sensibilidad que va desde la precisa curiosidad que quiere entender el mundo, hasta el antiguo asombro que es origen de la poesía.

Estas exóticas imágenes revelan en los cielos pinceladas inesperadas; basta ver los desbordados trazos de las Pléyades, de Orión, de Era Carinae o del centro de la Vía Láctea. En estas nubes difusas y expresionistas los astrofísicos han encontrado las cunas de las estrellas. Descubren allí cúmulos de luz y de materia primigenia donde reside nuestro origen. La luz que vemos nos llega desde los extraños confines donde también fue organizada la materia de la que somos herederos y que es esencia de nuestro planeta azul y nuestros pensamientos. En esos parajes lejanos una alquimia singular generó durante millones de años la materia que es base de nuestros sueños. Podemos creer entonces que somos tan antiguos como las estrellas.

Hubble's sharpest view of the Orion Nebula
Nebulosa de Orión. Crédito: Nasa – ESA 

El Hubble desvaneció la imagen de un cosmos que con parsimonia diseñaba los lugares posibles de la vida, que con la lentitud milenaria de sus trabajos nos permitió creer en la inmutabilidad de los cielos, y en que no hay nada nuevo bajo el Sol; nos enseñó  –más bien– que las violencias más lejanas y poderosas, asistidas por las pirotecnias invocadas por la gravitación y las fuerzas nucleares, son asunto corriente en el cosmos. Que en los sitios donde el  universo realiza sus labores más arduas y turbulentas, en las que genera átomos, estrellas y galaxias, se crea el orden calmado que se expresa cientos de millones después en la presencia de seres, como nosotros, que en las noches estrelladas y desde un planeta de aires y más amables quieren descubrir en la alta cúpula su origen.

La mirada a los cielos, desde la calma de una noche quieta y transparente, no revela sus secretos aconteceres. El silencio de la noche estrellada no cuenta los cataclismos lejanos que nos generaron; nada dice del estético caos del que venimos, ni anuncia que somos hijos de una íntima luz que no ven nuestras noches, la del fuego interno de las estrellas que crean los átomos. Es por ello, tal vez, que nos creemos partícipes de la paz nocturna del cielo y nunca de su escondido y encendido fervor.

Somos hijos de lejanos cataclismos que ocurren en el seno de nébulas lejanas.

Tal vez el asombro ante la belleza de las imágenes del gran telescopio venga de que con ellas es fácil sumergirse en la ilusión de que hay un pintor que así se expresa.

Las fotografías del Hubble evocan un acto expresionista. Aunque quizás sean un paisaje sin pintor. Pura exterioridad; es decir, solo mundo; apenas color y materia.

Cada imagen del telescopio es un paisaje inmenso al natral pintado con estrellas, con galaxias, con nubes de átomos, con luces que avanzan hacia nosotros desde el corazón de nebulosas luminiscentes. Es la obra de arte que trazó el cosmos en sus incesantes y parsimoniosos trabajos.

Hubble captures view of “Mystic Mountain”
Nebulos de Carina (La montaña mágica). Crédito: NASA – ESA

Tal parece que la belleza tiene una fuente profunda en el misterio. Y tal vez el arte sea la forma de acercarse a su esencia. La razón humana –al menos por un instante– está dispuesta a ceder su poder ante la presencia de la emoción. No deja de ser curioso que ante las fotografías del Hubble la primera actitud sea la perplejidad –asombrada respuesta al desconcierto– pues nada hay en el mundo cotidiano que invoque estas imágenes. Como si el exacto espejo del Hubble hubiese traído a nuestros ojos una forma nueva de realidad artística. Pero no, se trata sólo del mundo natural, de un mundo lejano y nada prosaico, sólo que ningún anuncio expresionista e impersonal habíamos tenido que implicara el universo entero. La belleza de las imágenes asombra porque ahora se trata de una obra de arte inmensa, aunque sea obligatorio verla por partes, pues está a nuestro alrededor y nos incluye. Un inmenso “performance”, teatro total, escenario y acción a la vez. La belleza que vemos seguramente también está en nuestro interior, pues somos conciencia que ilumina. El conocimiento es creador de luz.

Quizás la belleza de esta obra total radica en que no tiene las dimensiones del hombre: no están allí nuestras manos ni nuestras pequeñas y precarias intenciones, pues parece brotar de una imaginación extravagante y sin límite. Toda obra humana se ve pequeña ante este arte mayúsculo. Tal vez –como creía Einstein– lo más misterioso del universo está en que a su secreto, su orden oculto, pueda acercarse la mente de los hombres, una minúscula porción de la totalidad.

Estas fotografías traen a nuestros ojos y a nuestra imaginación algo que nos desborda; lo que dicen nos preceden en millones de años, como en decenas de años nos precede nuestra cuna. Estamos aprendiendo a ver en ella el registro de nuestro origen.

La literatura nos ha dicho lo que hasta ahora era solo poesía: somos materia de estrellas. Ahora el Hubble confirma a Khayam. Estas fotografías nos conmueven porque nos enseñan, en esta nueva infancia del conocimiento astronómico, a vernos a años-luz de nosotros mismos, a apreciarnos con perspectiva de millones de años, como si estas fotos fueran recuerdos de nuestra infancia cósmica.

Con el Hubble hemos aprendido que aunque nuestra materia habite el planeta azul venimos de lugares lejanos, hermosos y violentos. Nos ha dicho que los primeros pasos que dimos en el cosmos tuvieron la forma de los átomos y que tenemos la esencia de su liz. Y que lo que vivimos en este planeta singular es un pequeño y pasajero resplandor hecho conciencia, al que –por un instante– no opacan los innumerables soles.

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Cúmulo estelar Westerlund 2. Crédito: NASA-ESA

¿Qué nos conmueve? Que tal vez el gran ojo del Hubble revela una belleza insólita que lleva al asombro y al desasosiego, y eleva la poesía a dimensiones estéticas que desbordan los cotidianos intereses planetarios y superan las pequeñas dimensiones de nuestra casa estelar y las precarias luces con que iluminamos el mundo; que sus imágenes evocan el misterio esencial del cosmos en el que, como recuerdo de una antigua alianza –expresada con breves y hermosas ecuaciones y palabras profundas y precisas–  conviven la ciencia y la poesía; que para descubrir la belleza hay que ocultarse, para sorprenderla en silencio en el lugar donde reside, el menos visible de todos, el Universo.


Alonso sepúlveda es físico de la Universidad de Antioquia con estudios de posgrado en el Hunter College de la Universidad de Nueva York. Es profesor de la Universidad de Antioquia, donde fue docente de Historia de la física, Electromagnetismo, Relatividad, Física matemática y Astronomía.
Ha publicado: Los conceptos de la física, Electromagnetismo, Física matemática, Estética y simetrias, y Bases de astrofísica; además ha participado en proyectos de invetigación sobre dinámica de galaxias con el grupo de astrofísica de la Universidad de Roma.

 

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